Como un autómata subí al sexto taxi que me dejó en el cementerio, algo exasperada porque los otros estaban ocupados en la parada. Abrí la reja y entré.
Una mujer anciana llevaba media docena de claveles rosados a una vieja tumba, la seguí con la mirada impávida.
- Aquí estoy; grité cuando la anciana desapareció por completo.
- Y aquí detrás de ti estoy yo.
La voz era más clara allí.
Giré y encontré un mausoleo de mármol negro. Lo investigué como en trance, buscando no sé qué. Hasta que vi la foto de un joven que parecía rubio y de ojos claros. La placa tenía sus años “Cristian … 1880-1906”, el apellido no se distinguía.
Algo a mis pies hizo que despertara de la hipnosis, era Axel. Nos fuimos al laboratorio. Axel entró por un lado, yo estaba introduciendo la tarjeta en la ranura cuando oí la explosión.
Tardé más de lo acostumbrado en pulsar mi código, en recordarlo.
Cuando la pesada puerta de acero se abrió, salió un vaho de azufre en forma de nube. Quedé paralizada. Había cables chispeando por todos lados, las máquinas se veían como si un pie gigante las hubiese aplastado. El sillón donde había realizado mi viaje estaba despedazado. Una mancha de polvo enorme y gris cubría el cielorraso. En medio del desastre estaban los cuerpos del Doc y de Axel, éste tenía clavado en sus uñas un papel manchado.
“Cuídate, Christian es Christi-an; AN CHRIST”, leí antes de hacer con el papel un bollo y tirarlo por la ventana que abría sus dientes afilados para chillar un sonido de sirenas de ambulancias. Había aprendido a dejar las supersticiones de lado y no tenía miedo, como Axel y el Doc, a las palabras.
FIN.
Esta novela ya fue editada en papel, la vez anterior en 2004

