Poca gente caminaba ya por las calles, atisbé un bar decidida al capuchino que calentaría mi estómago hasta llegar a casa, pedí al cielo un cigarrillo… o dos.
Estaban entrando Carla y Seba cuando llegué a la puerta, al ver mi rostro contraído aseguraron pagarme un capuchino. Nos sentamos y Seba ofreció uno de los cigarrillos de mi marca preferida, pensé: falta Sade y estamos todos. Tras un momento compartido subimos al coche de Seba, en él sonaba el CD de Sade cantando “el tabú más dulce” que tarareamos hasta mi dirección.
Me despidieron con un gesto y una caja de pizza con media muzzarella dentro. Al llegar al apartamento vi que no tenía otra cosa para comer mientras la media pizza se calentaba en el microondas; así que, agradecida y satisfecha, me entregué casi vestida a los brazos Morfeo.
Doce horas después estaba en la calle al lado de La Negra, había ido a despertarme para hacer footing. Obviamente ella no sabía que yo estaba durmiendo, a las 8 de la noche, desde las 8 de la mañana, y se disculpó.
Me pareció ver a Axel en el parque, como escondido detrás de unos arbustos; pero me dije:
- … No es el único gato negro peludo que hay en la ciudad.
Soñaba con unos riquísimos tallarines al roquefort y silencio.
La charla de regreso se trató de la reconciliación número dosmillonestrescientos
cincuentaysietemil entre ella y Diego, lo cual me permitía imaginar hasta el olor de la comida, del café y por supuesto rogar por el silencio.
Al llegar a su casa dijo tener algo para mí, así que esperé unos segundos a que volviera trayendo en sus manos un tupper repleto de tallarines al roquefort.
Me hubiese sorprendido más si no hubiera encontrado a Axel a mis pies cuando La Negra cerró, delante de su boca que decía “hastamañanaquenosvemosparaseguiconversando”, la puerta.
Comíamos Axel y yo cuando me habló. Creyendo más en mi imaginación que en lo que en realidad estaba pasando, me fui a la cocina a lavar los platos; pero me siguió hablando con insistencia.
En un rapto de misticismo dije en voz alta y no sin cierta hilaridad:
- Si eres tú, Axel, ¡dame una señal!
Nunca me hubiese imaginado lo que pasó. Corrió al control remoto y mientras preguntaba qué canal prefería, encendió el televisor… Me desmayé.
Tras recuperar la conciencia empecé a acostumbrarme a la nueva situación, la cual era extraña pero no tanto como el hecho que las palabras de Axel me tranquilizaban. Quería explicarme, lo antes posible que el Doc tenía que recortar el tiempo de duración del juego a media hora ya que, de otra manera, se absorbían otro tipo de conocimientos que no todos podían manejar. Tales conocimientos podían llegar a ser contraproducentes, como en su caso: él era un gato de angora que podía comunicarse con los seres humanos y ya no quería, ni podía, seguir viviendo así. En medio de la charla me serví un café. Justo para oír que otra voz murmuraba en la cocina; lejos ya de sorprenderme, la enfrenté:
- ¿Quién es?; pregunté en un grito.
- Cristian; contestó.
Fui al encuentro de Axel pero ya se había marchado, entonces volví a gritar:
- ¿Dónde estás?
- En el cementerio… Ven a conocerme, agregó.

