Supongamos que hoy es un día especial, porque lo es, en que la vida hace plín y con su magia de siempre levanta el velo que cubre las personas.
Supongamos que he conocido alguien que aprendió a defenderse a trompadas y mordiscones, alguien que no conoce el cariño; alguien que, a menudo, se parece a esos animales de la calle que cuando acercas una mano ladran presintiendo un golpe, porque a eso le han acostumbrado.
Supongamos que ese alguien es mujer, es delgada (MUY) y pinta su cabello del color del fuego.
Supongamos que la sé sensible, aunque nunca lo haya dicho, sus ojos hablan por ella. Aún diciendo ‘te romperé los dientes’ ella sigue siendo una niña desolada.
¿Por qué? No se sabe, no lo sé. Sólo estamos suponiendo cosas.
Alguien hoy me dijo:
- He venido a rebajarme.
Y hablaba de hablar, hablaba de convenir, de decirse cosas, de un acuerdo entre dos personas a través de la palabra. Tal vez, en algún sitio donde aún pasan ciertas cosas, el decir: lo siento y la vulnerabilidad son motivos de vergüenza. Tal vez nadie se acercó con la paciencia necesaria para escuchar y aprendió a decir YO EXISTO a los gritos, con amenazas.
Supongamos, sueña conmigo, que esa mujer un día cualquiera se mira al espejo. Se mira los logros, la sensibilidad de su lado femenino y decide, porque si porque es hora y porque desde hace tiempo tal vez ya lo tiene en mente, el abrirse a la vida de una manera diferente.
Se lo deseo, le rezaré a la virgen de Lourdes por ella. Por una flaca larguirucha de ojos tiernos y bronca en la boca.


